24 enero 2010

Silvia María Alvarez Merino,



EL VACÍO

Se despertó con prisas, se puso las zapatillas a tientas y quitó el despertador. El pasillo estaba oscuro, encendió la luz del baño y se dispuso a lavarse la cara. Se enjabonó y esperó ver su cara llena de espuma. Pero no vio nada. No se sorprendió, sería la luz, el sueño, un efecto óptico... Pero no. Simplemente no se veía. El mosquito aplastado, las gotas secas, el polvo adherido, la pared del fondo. Pero su cara no. Las piernas le empezaron a temblar, tocó el espejo, tocó su rostro, todo en su sitio, pero nada. Salió del cuarto, cogió el teléfono, eran las seis de la mañana, lo volvió a colgar. Estaba sólo, necesitaba notar algún tacto, se acarició el brazo, el hombro, y vio que estaba helado. Sentado en la cama se balanceó, abrazado a sí mismo y esperó. Volvió al baño, no se atrevió a mirar, primero rozó el espejo, notó que sus dedos sí los veía y se fue acercando poco a poco. Le pareció ver un mechón de pelo, pero se sobrecogió y dio un salto hacia atrás. No sería tan valiente nunca. Se rindió. Bajó el espejo, lo dejó tirado en el suelo y con un martillo lo hizo trozos. Nunca más.

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