19 mayo 2011

Jorge Luis Borges,



ALGUIEN







Un hombre trabajado por el tiempo,

un hombre que ni siquiera espera la muerte


(las pruebas de la muerte son estadísticas


y nadie hay que no corra el albur


de ser el primer inmortal),


un hombre que ha aprendido a agradecer


las modestas limosnas de los días:


el sueño, la rutina, el sabor del agua,


una no sospechada etimología,


un verso latino o sajón,


la memoria de una mujer que lo ha abandonado


hace ya tantos años


que hoy puede recordarla sin amargura,


un hombre que no ignora que el presente


ya es el porvenir y el olvido,


un hombre que ha sido desleal


y con el que fueron desleales,


puede sentir de pronto, al cruzar la calle,


una misteriosa felicidad


que no viene del lado de la esperanza


sino de una antigua inocencia,


de su propia raíz o de un dios disperso.






Sabe que no debe mirarla de cerca,


porque hay razones más terribles que tigres


que le demostrarán su obligación


de ser un desdichado,


pero humildemente recibe


esa felicidad, esa ráfaga.






Quizá en la muerte para siempre seremos,


cuando el polvo sea polvo,


esa indescifrable raíz,


de la cual para siempre crecerá,


ecuánime o atroz,


nuestro solitario cielo o infierno.





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