20 junio 2011

ÁNGELA JIMÉNEZ


Desire for evanescense



He decidido dejar de existir,
con la sangre en la cabeza,
escondida convicta, presa
en los ángulos muertos del salón,
lánguida litografía ambulante
de nácar, tijera en mano,
nefasta electricista, indecisa
decoradora de interiores.
Supongo que habrá otra muerte
más dulce, más breve que la mía...
Tengo miedo de que existan
más silencios detrás de éste,
y de que el dolor entumecido
de la carne sólo sea lo último
antes del telón y un público
que duda entre aplauso y vendetta....
He decidido rehuirme,
en la soledad molesta de una planta baja
sobreviviendo por cortesía del aire
arenoso que me obliga
a protegerme, herméticamente
precintada, tras el cristal,
de pose, como Desdemona
sin Othello, sin armas de pluma blanca...(...)
He preferido recrearlo
en un teatro con vigas de enigma
ilimitado, quiasmático,
imprevisible, sin escapatoria,
vestalizando a la amante
eternamente insatisfecha, en cuclillas,
acurrucada en una de sus aspas,
muerta de frío y con el miedo
como única constante a secas,
angélica por el latido sin alma,
después del baúl y su tortura, acorde,
por fin, con mi corazón fetal...
Ojalá la casa me albergue
en su vientre de aire húmedo, materna,
asumiendo mi piel
de sepulcral gotelé condenado al desprecio...
Y cuando vuelvas sólo sea
mobiliario inútil que, por lástima, permanece;
Prometo encarnarme
en mi lámpara rota de la rinconera, superviviente
guerrera de todas las mudanzas, acogida
al fin por un guardián en su regazo...
El taquillón entendió su muerte prematura:
ella sabía lo que hacía... Yo, más cobarde,
más torcida e intermitente de noche,
de día sigo muerta pero me finjo dormida...
Vive en mi ausencia como en una casa.
Siento figurar en tu inventario inconfesable
como suicida indigna,
catedrática en el terror del insecto bajo la suela,
cobarde de diccionario,
detective inverosímil en busca de algo
que no quiere encontrarse...
La Melibea más tragicómica llora, se lamenta
y muere, pero elige las alturas.
Ya me he ido aunque de cuerpo presente
que revuelve la cama;
Por eso, no habrá llamadas nocturnas
de idioma indescifrable;
Seré una mentira salvaje en este reluciente terrario
de pladur y tapicería
a juego sin que me lo reproches... Cada luna
te leeré el mismo cuento,
cambio la trama, los personajes,
el atrezzo y el lugar de las hipocresías
para que no sospeches y sigas durmiendo,
engañado, en mi espalda (...)
Contarte cómo suda otras muertes
el hacha sobre un cuello despejado
que tirita con los ojos en alto relieve
buscando una salida, sin enfoque...
Contarte cuándo, a qué distancia
de la mía, decidí imaginar tus caricias
en lugar de merecerlas.




No hay comentarios: