03 marzo 2012
María José Collado,
CON OTROS OJOS
Regreso una tarde de invierno
a la casa de mi infancia,
sin llamar entro, todo
parece detenido, sepia.
Mi madre cose junto al brasero
aún lleva la juventud prendida
como una flor en el pelo.
Al otro extremo de la mesa
mi padre ensimismado con sus cuentas,
un lápiz diminuto guía su mano.
Percibo el frío de su distancia,
un hondo silencio lo envuelve todo.
Ella deja en el aparador
el viejo costurero, lleva
un hechizo en los ojos,
en las sombras del corredor
se desvanece pálida.
Él remueve lentamente las ascuas,
el cansancio del mundo
en su perfil de cera.
El silencio es un pájaro disecado
presidiendo la estancia,
un ramo helado sobre el mantel,
la línea divisoria entre dos extraños.
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