AZUL
I
Esta hoja
de marfil y su bastón de arena
que sabe
del vuelo legendario de puentes y
de
remolinos, de los altos adioses que cometen
las
plateadas golondrinas.
Por la
ciudad que cruza el juego de sus lunas
de fiesta,
saciada de esquinas y de puertas,
y el naipe
del dolor persigue y se
despierta
del sueño de sus torres.
El hombre
que se hunde en el ojo de su espejo,
el hombre
que se enfrenta con el cielo,
navega en
la palabra sus hábitos de cuento
y de
infinito.
y la pared
que se levanta siempre
para
recordarnos
nuestra
lucha diaria con la muerte.
II
Esta pesada
empresa de comenzar el día,
desde el
dolor anónimo de los hombres que pasan
como si no
pasaran, de los hombres que mueren como
si no
murieran. Esta guerra que al fin es tremenda
pero
cotidiana, si a fuerza de insomnio y de locura
no
cambiamos, no cambiamos. Nos hace
bien
presentir esperanzas, pero ha llovido mucho
y llueve, y
la lluvia es antigua y nos
pregunta:
¿qué estamos haciendo con la vida?
nos hace
bien, sin embargo, que siga
preguntando.
III
Paradoja,
contraste, coincidencia, repetición, absurda
y
permanente de todo lo que ocurre mas acá de las
manos, mas
allá de los ojos. La certeza y la
duda, la
paz y la barbarie, los siglos que volaron
y los que
nos esperan, la vida que se enlaza en la
tinta y nos
retiene, la muerte que nos deja
de pie
frente al océano. Los rostros que se
sueñan en
todos los espejos, lo que esta siempre,
lo que no
estuvo nunca, las voces que recuerdan
y las voces
que olvidan,
la mirada
que cae con su traje de lluvia,
las
estrellas que juegan
su ajedrez
milenario y que nos eterniza.
IV
Ser fecha y
clave y laberinto,
todo se
desliza por sus ojos mágicos,
los nombres
son efímeros,
los niños
demasiado trasparentes
y el tiempo
se repite
como una
sucesión de nidos de agua.
Aquella
infancia tuya y mía,
el ancho
espacio para la última lágrima
y sorprende
el verano
como un
viejo testigo de las cosas,
sobre ese
punto de lluvia y de campana,
de fruto y
de desierto,
somos un
episodio,
cierta
historia,
un escalón
de espejos,
donde nos
inventamos.
V
Y entonces
viajo y el instante se pierde
con todo el
peso del equipaje antiguo
con el
asombro de lo recién llegado.
Un niño
deja sus ojos en la nube y el tren
devora el
día.
Alguien me
contó un final con líneas de humo
y no ha
pasado mi cintura de vidrio
sin
estallarse contra el filo del aire.
Un disco
encendido ahueca el cielo
y otra vez
la vida me parece una ráfaga.
VI
Y uno
siempre va tratando de sumarle caricias a la
herida,
pero el cuento regresa a veces con su prosa
de hielo. Y
entonces despertamos cuando no
debemos
despertarnos.
Y la
palabra que nos aturde es Dios, el signo
que nos
pesa sobre la pupila huérfana es
infinitamente todo el cielo.
Pero luego
ciertos lugares, ciertas voces nos
informan
que se siguen trazando algunos puentes
como lazos
de plata.
Algunas
puertas como gargantas azules
liberan
estrellas que se hunden
en el
pecho. Miradas como alas de vidrio,
nos
justifican las calles otoñales, regadas de
ventanas
con madres que no saben morirse,
de
cuadernos con sus mayos abiertos
al reloj
recién amanecido de los hijos.
VII
Aun es
otoño,
por algunos
días mas será otoño,
algunas
canciones son inmensamente blancas,
no me hagas
recordar las hojas que me hundieron
su óxido en
el pecho.
Prefiero
los restos milagrosos del sol
trepándome
los brazos con pinceladas de oro.
El pequeño
tiempo se estrella fugaz contra mis venas,
la ciudad
está armada diariamente por sus preguntas verdes,
la noche va
mordiendo los puentes y las fábricas
los hombres
van armando su antiguo itinerario
con el amor
cansado sobre el puerto de un ala,
por la
vejez del barrio con su perfil de sueños,
de azules
barriletes que les riegan los ojos


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