Nacida en Madrid el 27 de julio de 1898, Concha Méndez Cuesta fue la mayor de
once hermanos. Su familia no era originariamente burguesa, pero sí adinerada.
Por eso, los Méndez habían asimilado el estilo de vida típico de la clase media,
incluida la actitud conservadora en la educación de los hijos. Concha recibió,
en un colegio francés, una educación femenina y católica que no compartía, pero
cuya influencia se observa en sus primeros versos. Los padres, aplacando cada
anhelo por aprender y descubrir mundos, le prohibieron continuar los estudios,
después de los más elementales, y educaron a la niña para que creciese como
todas las mujeres católicas de la España de principios del siglo XX. Por eso,
fue una joven inquieta, liberal, arriesgada, campeona de natación y gimnasta, al
igual que su primer novio, Luís Buñuel, al que conoció veraneando en San
Sebastián, a los diecinueve años. Además, se marchó de casa de sus padres a la
aventura, cruzando océanos por el placer de conocer el mundo, por cambiar de
aires y por buscar su verdadero lugar, donde pudiese no sufrir presiones
sociales (en 1919 viajó a Londres, y, en 1929, a Buenos Aires y Montevideo), y
en esto, su carácter era parecido al de su amiga de correrías, la rompedora
Maruja Mallo, magnífica pintora de la que, desgraciadamente, sólo se han
destacado sus barrabasadas juveniles y sus amoríos con Miguel Hernández, entre
otros famosos de la época (también fueron sus novios Rafael Alberti y Pablo
Neruda). Durante siete años Méndez y Buñuel fueron novios, hasta que ella se
hartó de su insufrible carácter. Paradójicamente, fue a partir de la ruptura con
Buñuel que comenzó para Concha su amistad con el grupo de jóvenes intelectuales
del Madrid de los años veinte, gracias sobre todo a García Lorca, quien la
introdujo en el grupo, y a Rafael Alberti y Luís Cernuda. Sin embargo, fueron
sobre todo Alberti y Maruja Mallo quienes se convirtieron en dos figuras clave
para el devenir de su creación literaria. Fueron años de actividad intelectual
frenética: la mujer que había empezado a escribir poemas bajo la influencia de
Lorca y de Alberti, después de haber roto su noviazgo con Buñuel, acabó
convirtiéndose en una presencia fija en algunas de las tertulias más nombradas
del Madrid vanguardista de esos años; su firma puede encontrarse en revistas
como ‘La Gaceta Literaria’, ‘Hèlix’ o ‘Parábola’, y algunos de los artistas
plásticos de su entorno, como Gregorio Prieto o la misma Maruja Mallo, la
retrataron. En 1926 publicó su primer libro, “Inquietudes”; dos años después,
publicó “Surtidor”; y, en 1930, “Canciones de mar y tierra”. En estas obras,
sobre todo, es evidente la huella de la amistad de Concha con Maruja Mallo,
quien fue, para ella, una verdadera guía en su primer exilio.
Se trató de un exilio psicológico, interior:
el medio social y familiar en el que se encontraba no la admitía tal como era y,
por tanto, teniendo como única otra alternativa la adaptación, lo abandonó, ya
que ella quería desarrollar una carrera como artista y ser admitida como
intelectual. La presencia, en este primer exilio, de Maruja Mallo, una pintora a
la que le gustaba romper con las reglas sociales y luchaba por la liberación de
la mujer, le permitió a Concha comprender, por primera vez, sus verdaderas
aspiraciones. Las dos juntas disfrutaron de una vida intelectual muy intensa y
contribuyeron a enriquecerla y destruir la imagen de la mujer como esposa sumisa
y madre abnegada. Méndez descubrió un Madrid diferente, con calles, cafés,
clubes, lugares donde dar rienda suelta a sus deseos de vida cultural y
emancipación. Sobre todo se dio cuenta de que la creación artística podía ser
una posibilidad concreta y auténtica. Lo que a Concha le impresionó de Maruja,
entonces, fue este estar siempre cargada de ganas de emancipación, su obstinada
contrariedad por los convencionalismos y su carácter rebelde contra la educación
burguesa de las chicas. Por otra parte, es suficiente considerar que mientras
Méndez tenía que soportar un largo noviazgo formal con Buñuel siempre acompañada
de carabina, Mallo era considerada por la sociedad del momento escandalosa por
su promiscuidad, sólo tolerada en los hombres. Seguramente Mallo tuvo el mérito
de la decisión de Concha de romper con su vida burguesa ociosa, porque despertó
el lado más rebelde de ella. Y fue a partir de entonces que Méndez entró
plenamente en el mundo literario. Sin embargo, este descubrimiento vital tuvo
sus consecuencias, porque provocó el primer exilio en la vida de la poetisa. No
se trató de un exilio voluntario: fue una forma de aislamiento social. Concha no
tenía alternativas, desarrollar una carrera como artista conllevaba el abandono
forzoso de un mundo que no la admitía como intelectual. Este exilio no fue
físico, como puede ser el abandono de la patria, sino un traslado emocional:
Méndez se excluyó de la ortodoxia burguesa y clasista, pero permaneciendo en el
mismo ambiente en que ésta tenía lugar. Para Mallo y Méndez, éste fue un periodo
apasionante: colaboraron en la creación de proyectos comunes, como el acto único
“El ángel cartero”, obra de teatro infantil escrita por Concha y con los
decorados de Maruja, y, sobre todo, se influenciaron en el nivel artístico,
formando un verdadero tándem creativo. No sólo en la pintura de Maruja se
encuentra la presencia de Concha, sino en la obra poética de Concha se refleja
la huella de Maruja. Examinando, por ejemplo, el poema “Verbena” y comparándolo
con la obra del mismo título de Mallo, podemos notar que, aunque con lenguajes
personales distintos y en disciplinas artísticas diferentes, Mallo y Méndez
representan de manera inequívoca el mismo espíritu frenético de la vanguardia y
escenifican idéntica realidad. Las luces, los colores, los movimientos, los
sonidos que Maruja Mallo destaca en su “Verbena” son los mismos que Concha
Méndez evoca en la suya. Además de las verbenas, las dos recrearon también otros
aspectos de la modernidad -que era el tema principal en la obra de ambas, en ese
periodo-, como los coches y las locomotoras (emblemas del mito de la velocidad),
las fábricas (banderas del progreso tecnológico), la metrópoli, el jazz y el
deporte (el movimiento físico), y éste último con especial énfasis en la
práctica que lleva acabo la mujer. Se trata de elementos típicos de las poéticas
artísticas europeas de esos tiempos, heredados del Futurismo, que fue la primera
de las vanguardias que llegaron a España. La adhesión de las dos a ese
movimiento fue completa, porque del Futurismo compartían el deseo de destruir un
pasado caduco y de exaltar el cambio, a través de sus elementos característicos:
dinamismo, expresión continua de movimiento, simultaneidad y sucesión de sonidos
e imágenes.
Podemos colocar entre 1929 y 1931 el segundo
exilio de Méndez: se trata del viaje que realizó a Inglaterra y a Argentina,
países que constituyeron un único exilio, porque formaban parte del mismo
propósito de emanciparse desembarazándose de su asfixiante familia en búsqueda
de nuevos lugares. Sin embrago, el viaje a Inglaterra no representó una
desvinculación del mundo que había conocido. Méndez afianzó sus relaciones con
el Madrid intelectual mediante una serie de cartas donde explicaba sus
descubrimientos artísticos y las reflexiones que éstos le suscitaban. Además,
entabló amistad con intelectuales relacionados con la cultura española que, como
ella, residían en Inglaterra. Y además de eso, a través de artículos publicados
en revistas como ‘La Gaceta Literaria’, su presencia en la vida cultural
madrileña siguió plenamente activa a pesar de la distancia. Se trató de una
experiencia muy positiva, aunque, poco tiempo después de su regreso a España,
inició otra travesía, esta vez hacia Argentina, consciente de dar “un paso
trascendental en la vida”. Sin duda, Buenos Aires acogía a muchas personalidades
del mundo literario y artístico y Concha estableció los primeros contactos con
Guillermo de Torre, escritor y crítico que dirigía la sección de letras del
diario ‘La Nación’, periódico en el que ella empezó a publicar un poema cada
semana. Sin embargo, la relación más importante fue la que estableció con la
española Consuelo Berges, escritora y periodista, y más tarde reconocida
traductora, quien le ofreció su amistad y su influencia en los círculos
intelectuales y fue su pieza fundamental para su éxito en el continente
americano. Consuelo era una mujer resuelta, enérgica y culta. Como Concha,
también ella había renunciado a una vida de mujer tradicional para perseguir una
carrera como escritora. Viajar era también una de sus pasiones y la llevó a cabo
a la vez que se emancipó de su familia. Esta grande coincidencia provocó una
conjunción de intereses que dio frutos en la obra de ambas. En la obra de
Concha, los frutos de esta experiencia se vieron en “Canciones de mar y tierra”,
del 1930. En el mismo periodo, Berges publicó “Escalas”, donde reunió ensayos
sobre su experiencia por las tierras americanas y la historia de las mismas.
Podemos considerar estos libros como paralelos, porque, aunque Concha y Consuelo
proviniesen de ambientes diferentes, encontramos en ellos un mismo acercamiento
temático. El interés por los viajes es la metáfora del ansia de libertad,
entonces ambas querían expresar la misma problemática: el ser mujeres en un
mundo de hombres. La prueba irrefutable de esta correspondencia es la inclusión
de un prólogo de Consuelo Berges en “Canciones de mar y tierra”, al que
correspondió otro escrito en verso de Méndez para “Escalas”. Como demuestra
también el poema de “Canciones de mar y tierra”, que Concha le dedicó a
Consuelo, las dos eran claramente almas afines. Con la proclamación de la
República en España, el 14 de abril de 1931, las dos amigas decidieron regresar
a su país y celebrar allí la instauración del nuevo sistema de gobierno. Eran
los años del esplendor surrealista, del que Berges no escapó. La espontaneidad,
el rechazo de las reglas establecidas y la tendencia a mirar el mundo desde
perspectivas insólitas -todas características peculiares de Consuelo- forman
parte integrante tanto de la persona como de la obra surrealista, la más moderna
de las vanguardias durante el periodo argentino de las dos españolas. Sin
embargo, los distintos destinos al regresar a España impusieron un
distanciamiento físico entre las dos. En un primer tiempo, la relación cultivada
en Argentina perduró y las dos se mantuvieron en contacto. Pero, con la subida
al poder de Franco, todo cambió, y, siendo imposible oponerse abiertamente a
este cambio, a ambas no les quedó otra solución que afrontar un nuevo exilio.
Para Consuelo fue un exilio interior; para Concha será un exilio
físico.
La vuelta a España, para Concha, representó
un momento de cambios en su vida personal y en su actividad política. En 1931,
García Lorca le presentó, en la granja El Henar, al poeta e impresor malagueño
Manuel Altolaguirre. Concha y Manuel se casaron el 5 de junio del año siguiente
-siendo testigos García Lorca, Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén y Cernuda- y
crearon la imprenta ‘La Verónica’ en una habitación del hotel Aragón, donde
editaron la revista ‘Héroe’, que contó con la colaboración de Jiménez, Miguel de
Unamuno, Pedro Salinas y Guillén. Vivieron de 1933 a 1935 en Londres, donde el
primer año murió su primer hijo, y nació su hija Paloma en el último. Junto con
su marido, activo impresor, contribuyó a la difusión de la obra del grupo del
27, editando colecciones de poesías y revistas como ‘Poesía’, y ‘Caballo verde
para la poesía’ (dirigida con Pablo Neruda). Fueron años intensos, desde un
punto de vista literario, para Méndez que también se dedicó al teatro infantil.
Se trata de textos la mayoría todavía hoy inéditos, pero que demuestran la
amplitud de sus intereses, que abrazaron no sólo la poesía, sino también el
teatro y el cine. No obstante la actividad dramática, Concha, en esos años, no
abandonó la escritura en verso. De hecho, en ese periodo publicó “Vida a vida”
(1932), con la que introdujo en su producción poética nuevos temas y nuevas
formas, y “Niño y sombras” (1936), donde expresó todo el dolor que padeció la
poeta al haber perdido el niño que esperaban ella y su marido, cuando estuvieron
en Londres, entre el 1933 y 1935. De todas formas, fue en esta ciudad que Concha
dio a luz a su hija Paloma y fundó con Manuel una nueva revista que tenía que
hacer de puente entre la cultura inglesa y la española: ‘1616’, cuyo título se
refería al año de la muerte de Shakespeare y Cervantes. Regresados a España en
1935, dentro del clima de fuerte tensión que precedió la Guerra Civil, los dos
tomaron partido por la República. Sin embargo, estallada la guerra, vivir en el
Madrid asediado por las bombas empezó a entrañar demasiados peligros para ellos.
Por eso, la única solución que quedó fue buscar refugio en otros países. Y fue
así que Concha volvió a la experiencia del exilio.
Se trata del último exilio, el exilio
político, motivado por el cambio de régimen, después de la Guerra Civil. Fue un
exilio “fragmentario”, con distintas etapas, en el cual la escritora, siempre
acompañada por su hija Paloma, residió en Inglaterra, Bélgica y Francia, hasta
que decidió adentrarse hasta Barcelona para reunirse con su marido, quien había
permanecido en España todo ese tiempo. Sin embargo, el avance de las tropas de
Franco obligó a Concha a regresar otra vez a Francia, sin su marido. Éste, una
vez llegado a Francia, en medio de la confusión y desesperación, se metió en un
campo de concentración. Después de haberse reunido en París, ambos pasaron los
primeros meses como exiliados en casa del poeta francés Paul Eluard. Fue desde
allí que, con su esposo e hija, Concha emigró primero a Cuba y después a México.
Desembarcados en Cuba, los dos se encontraron con otros intelectuales exiliados,
entre los cuales la filósofa española María Zambrano, quien será su
compañera-de-exilio. La amistad que nació entre la filósofa y Méndez se reveló
muy importante: María siempre estuvo con Concha para aconsejarla en sus trabajos
y apoyarla en las circunstancias más adversas, formando una tertulia con ella y
con otras mujeres, entre las cuales la poeta y narradora Lydia Cebrera.
Zambrano, educada por los padres con ideas progresistas, una vez estallada la
guerra, como Méndez, había colaborado de manera activa en la defensa de la
República. Ante el triunfo de las tropas franquistas, María había cruzado la
frontera francesa en compañía de su madre y de su hermana, iniciándose así en el
largo camino del exilio, del cual no volvió hasta el año 1984. Aunque se
hubiesen conocido en Madrid, fue en La Habana, ya en el exilio y con la dura
experiencia de la guerra a sus espaldas, que Concha y María consolidaron su
amistad y, en los cuatro años que coincidieron en Cuba, esta relación se
extendió más allá del plano personal. El gran sentido ético y humano y la
entereza moral que Concha demostraba con sus compatriotas en tiempos calamitosos
también para ella, constituía para Zambrano una necesidad irrenunciable para el
intelectual. La admiración de Zambrano hacia su amiga se tradujo, a lo largo de
sus exilios, en una confidencia mutua que, en el caso de Méndez, fue decisiva
para su obra posterior, que, aun sin abandonar su carácter surrealista, se hizo
más profunda, reflexiva y filosófica. Lo vemos muy bien en texto teatral de
Méndez “El solitario”. El acontecimiento se desarrolla en un faro, que es el
lugar rodeado por el mar, de donde el protagonista (un Farero), encerrado, no
puede salir. Es evidente la referencia que Concha hace a su experiencia
personal. El faro es la metáfora de Cuba: rodeada por el mar, la isla es un
lugar de donde la poetisa no puede salir para regresar a su país. Por
consiguiente, el Farero representa la misma autora, con su carga de melancolía.
Al mismo tiempo, el faro, que ilumina la oscuridad que lo rodea, también
representa un lugar de salvación. Constituye un refugio desde el cual se puede
esperar la llegada de un tiempo mejor. También aquí, resulta evidente la
referencia a lo que Cuba representaba, en esos años, para Méndez: el lugar donde
esperar un tiempo nuevo. Y el faro es también un lugar alto, elevado, que
permite una vista global de lo que nos rodea: por eso representa la ocasión para
ver los acontecimientos de España desde una perspectiva diferente, mejor porque
más lejos. Es la mirada del intelectual: por eso, el faro representa también un
lugar de conocimiento. El Farero persigue un Amor. Es un Amor lejos, que parece
vivir en el recuerdo y en la nostalgia de un pasado al parecer irrecuperable.
Este Amor es la metáfora de España: no la que es rehén de los franquistas, sino
la que corresponde a los recuerdos de Concha, la libre. El Farero, quien refleja
en su condición la de exiliado, progresivamente va tomando conciencia de quién
es, dónde está y hacia dónde va. Y es ésta la condición que se manifiesta en
muchos escritos de Zambrano sobre los exiliados republicanos, como su segundo
libro, “Los intelectuales en el drama de España”, donde trata de explicar la
esencia del pueblo español y hace una clara referencia a esta búsqueda de la
identidad, el “nacimiento de la conciencia”. No es casual, entonces, que el
prólogo del segundo acto de “El solitario” lo haya escrito María Zambrano: las
dos, como le pasó a Concha con Consuelo Berges, se influenciaron recíprocamente
hasta concebir juntas la misma creación literaria.
Cuando, en 1944, tuvo que establecerse en
México, Méndez publicó “Villancicos de Navidad” y “Sombras y sueños”. Sin
embargo, fue aquí donde ella y su marido se divorciaron, porque Manuel abandonó
a Concha por la cubana María Luisa Gómez Mena, junto a la que poco después
falleció en España en un accidente de automóvil, cuando volvían del Festival de
cine de San Sebastián de 1952. Méndez, desde este momento, volvió a las mismas
causas que la llevaron a su primer exilio: ser mujer con inquietudes
intelectuales en una sociedad sexista que la marginaba. A partir de entonces su
tercer exilio se desdobló y, al ya iniciado exilio político, se le sumó un
exilio social que la sumergió en un desánimo que podrá percibirse en una obra
poética que le sirve de desahogo. En esta ocasión la marginación de los círculos
literarios será por parte de sus propios compañeros intelectuales, aunque es
cierto que Méndez siempre contará con el apoyo de una parte de esta
intelectualidad exiliada en México. Por consiguiente, su voz poética se hizo más
introspectiva y encontró en la escritura un refugio donde expresar la
irremediabilidad de su nuevo doble exilio. Aquí se expresó de forma madura la
especificidad femenina de su obra de exiliada. El pesimismo de Méndez, derivado
de su condición, encontró forma completa de expresión gracias a los consejos de
María Zambrano: el encuentro entre las dos, evidentemente, no fue sólo un
encuentro de mentes, sino también una solidaridad de corazones.
Concha dejó
de publicar de 1944 a 1979, aunque una “Antología poética” se editó en México el
año 1976. En 1979 apareció “Vida o río”. Aunque viajó a Madrid en el año 1966,
permaneció en México hasta su fallecimiento en diciembre de 1986. En 1991 se
publicaron sus “Memorias habladas, memorias armadas”, trascripción de unas
cintas que había ido grabando para su nieta, Paloma Ulacia Altolaguirre, quien
efectivamente armó el material de la memoria viva que Concha iba desgranando
oralmente en su casa de Coyoacán, donde por cierto murió, el 5 de noviembre de
1963, Luis Cernuda, fiel amigo suyo que se instaló en su casa y se quedó a vivir
con ella. Desgraciadamente, aún está por estudiar el teatro de Concha Méndez. Su
obra poética, en cambio, está recogida en “Poemas 1926-1986”, edición preparada
por el marido de su nieta Paloma, el profesor James Valender.
Concha dejó de publicar de 1944 a 1979, aunque una “Antología poética” se editó en México el año 1976. En 1979 apareció “Vida o río”. Aunque viajó a Madrid en el año 1966, permaneció en México hasta su fallecimiento en diciembre de 1986. En 1991 se publicaron sus “Memorias habladas, memorias armadas”, trascripción de unas cintas que había ido grabando para su nieta, Paloma Ulacia Altolaguirre, quien efectivamente armó el material de la memoria viva que Concha iba desgranando oralmente en su casa de Coyoacán, donde por cierto murió, el 5 de noviembre de 1963, Luis Cernuda, fiel amigo suyo que se instaló en su casa y se quedó a vivir con ella. Desgraciadamente, aún está por estudiar el teatro de Concha Méndez. Su obra poética, en cambio, está recogida en “Poemas 1926-1986”, edición preparada por el marido de su nieta Paloma, el profesor James Valender.
Ancho es el mar; él ha de separamos...
Ancho es el mar;
él ha de separamos;
quedarán nuestras almas enlazadas.
Como un último retrato, en nuestros ojos
impresas lucirán nuestras miradas.
El barco en que he de ir está en el puerto;
a éste seguirá otro en que tú vayas.
Te esperarán mis brazos, no se en dónde...
tal vez en algún puerto... en una playa..!
quedarán nuestras almas enlazadas.
Como un último retrato, en nuestros ojos
impresas lucirán nuestras miradas.
El barco en que he de ir está en el puerto;
a éste seguirá otro en que tú vayas.
Te esperarán mis brazos, no se en dónde...
tal vez en algún puerto... en una playa..!


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