18 octubre 2012

Mía Gallegos




Mía Gallegos Domínguez nació en San José, Costa Rica el 17 de abril de 1953. Ha publicado los siguientes libros de poesía: Golpe de Albas en 1977, con el que obtuvo el Premio Joven Creación, concurso convocado por la Editorial Costa Rica y la Asociación de Autores. En 1978 recibió el premio Alfonsina Storni en Buenos Aires, Argentina por el poema Asterión, concurso auspiciado por la Fundación Givré. En 1983 obtuvo el premio de los ex becarios de la Fundación Fullbright por el poemario que lleva el título de Makyo. En ese mismo año fue galardonada con el Premio Rubén Darío del Verso Ilustrado por el poema en prosa La Mujer que conduce el coche. En 1984 se le otorgó el premio de periodismo cultural Joaquín García Monge por su trabajo en el programa de televisión Galería. En 1985 publicó el libro Los Reductos del Sol y recibió ese mismo año el Premio nacional de Poesía Aquileo J. Echeverría. En 1985 fue invitada a participar en el Programa de Escritores en la ciudad de Iowa, Estados Unidos. En 1989 publicó El Claustro Elegido bajo el sello de la Editorial de la Universidad Estatal a Distancia. En 1995 publicó el libro de prosa poética Los Días y los Sueños bajo el sello de la Editorial Costa Rica. En el año 2006 publicó El Umbral de las Horas en la Editorial Costa Rica y al año siguiente recibió el Premio Nacional Aquileo Echeverría en poesía. Poemas suyos han aparecido en revistas y libros antológicos de Costa Rica y España. También han sido traducidos al inglés y al francés.




LA CASA AZUL



México es humo
Y yo me pierdo por Malitzin,
más allá de la calle 17.
Paso por el mercadito
y devoro las fresas,
pero ando despojándome de mi,
porque me cansa
llevar conmigo tan largo exilio
Devoro las fresas,
Y las piedras de Coyocán me gustan.
Las piso fuerte, muy fuerte, y afirmo el pie.
Primero uno y después el otro.
Me gusta el mercado.
Pero me pierdo. Me gustaría ser otras.
Por eso muerdo las fresas y sonrío.






Y doblo hasta llegar
A la casa azul de Frida,
y soy todas esas mujeres y esa mujer que ella pintó,
leo las cartas esparcidas por los muros,
las letras menuditas desfilan,
y miro ese sobresalto, esa vida
que fue creciendo
desde su desnudez,
desde la pequeña niña accidentada.
Entonces lloro
porque quiero vivir,
y pienso como alguien que me antecedió en exilios, que México es mío.
Ahora, las mujeres de ojos redondos,
tan mexicanos y dulces
empiezan a mirarme
y a preguntarme tantas cosas.
Pero yo me pierdo entre los cuadros,
y me dan ganas de acariciar
las sillas, las plantas
e imagino una trenza larga y negra
de seda.
Y empiezo a sollozar
pensando en la niña que pintaba,
porque aquí yo no existo,
soy el cuadro, la mesa y la cama
y la niña y la pared azul,
en donde alguna vez se reflejó el beso de Frida y de Diego.
Salgo, salgo de ese laberinto azul,
y de nuevo piso fuerte las piedras de Coyoacán,
para volver y volver
y evocar un círculo que me trastroca.


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