La risa le taladró el pensamiento y una
fuerza inconmensurable se apoderó de su mente, le bajó hacia el alma y le
inyectó la potencia necesaria para dar ese golpe en el estómago a Sandra que
más tarde la precipitaría al suelo; las patadas vinieron luego. Un charco de
sangre bañó la alfombra de lanilla que habían comprado 20 años antes, cuando
los limoneros en una danza rebosante daban frutos obesos, jugosos y no los famélicos
amarillos que ahora colgaban tímidamente de las ramas octogenarias del jardín.
Nada era como lo había fantaseado, ahora la holgura se estrechaba, los pies se
achicaban, la giba adornaba la dorsal y los dientes en sus traviesos rieles
bailaban la última danza carnal. Un vaso de tinto masticado por el borde agrio
de la parra más austera dejaba entrever que la curadera no lo abandonaría esa
noche, es más, mojó el vértice más agudo de sus labios y embebió unas gotas
para alojarlas en la boca muerta de la mujer como modo de revivirla pese a que
ya había dejado su vestido. Los guindos hoy no dejan flores por debajo del
espesor del pasto raleado, el humo de su cigarrillo las cenizas y sus uñas el
crespón que arrancó luego del girón violento de su ira; hoy fenecen las
ligustrinas, su lengua, sus ojos, su despiadado corazón en el frontis de la
ignorancia, en el paredón de los condenados.
1 comentario:
Muchísimas gracias amigo querido por invitarme a tu excelente sitio literario que congrega a tantos talentosos como tú, es un tremendo honor.
Un abrazo cariñoso desde Chile
M.Eleonor
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