27 agosto 2013

Maria Eleonor Prado Modinger



PLACEBO



La risa le taladró el pensamiento y una fuerza inconmensurable se apoderó de su mente, le bajó hacia el alma y le inyectó la potencia necesaria para dar ese golpe en el estómago a Sandra que más tarde la precipitaría al suelo; las patadas vinieron luego. Un charco de sangre bañó la alfombra de lanilla que habían comprado 20 años antes, cuando los limoneros en una danza rebosante daban frutos obesos, jugosos y no los famélicos amarillos que ahora colgaban tímidamente de las ramas octogenarias del jardín. Nada era como lo había fantaseado, ahora la holgura se estrechaba, los pies se achicaban, la giba adornaba la dorsal y los dientes en sus traviesos rieles bailaban la última danza carnal. Un vaso de tinto masticado por el borde agrio de la parra más austera dejaba entrever que la curadera no lo abandonaría esa noche, es más, mojó el vértice más agudo de sus labios y embebió unas gotas para alojarlas en la boca muerta de la mujer como modo de revivirla pese a que ya había dejado su vestido. Los guindos hoy no dejan flores por debajo del espesor del pasto raleado, el humo de su cigarrillo las cenizas y sus uñas el crespón que arrancó luego del girón violento de su ira; hoy fenecen las ligustrinas, su lengua, sus ojos, su despiadado corazón en el frontis de la ignorancia, en el paredón de los condenados.


1 comentario:

Anónimo dijo...

Muchísimas gracias amigo querido por invitarme a tu excelente sitio literario que congrega a tantos talentosos como tú, es un tremendo honor.

Un abrazo cariñoso desde Chile

M.Eleonor