Mañana tú tendrás sol y a mí llegará la lluvia con el Poniente.
Y te veré en la luz grisácea
con la que el cielo encapotado vestirá la ciudad.
Y en el acero del mar,
y bajo los paraguas de los que aceleran el paso
sobre las aceras mojadas.
Bordearé los charcos,
espejos donde se miran las gaviotas que aman el aguacero.
Mugirán los buques al abrirse paso sobre la sal
y yo creeré que me llama tu voz.
En la cafetería del puerto un pasajero con prisa
pedirá un café con leche corto de café
y yo buscaré sus ojos un instante para imaginarte.
Mañana va a llover y el otoño extenderá sus alas sin timidez,
me hablará de ti en cada ráfaga de viento,
en el olor a mojado
y en los días que caducan en el calendario.

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