Para qué la poesía
Para defender el milagro de la vida
Para
expresar asombros y nochuras. Enterrar la muerte. Inventar la vida.
Abrirle los postigos a la noche. Cerrar los ojos a la luna. Dar con el
árbol del primer camino. Con la vereda que nos vio salir. Tomarle el
pulso al hambre. Saber del diapasón del pobre. De las creencias de Dios y
sus costumbres. De los rituales del viento y sus cofrades. De la imagen
horrenda del futuro. De la luciérnaga y su antiguo enigma. Saber de la
escritura de las piedras. De la alta transparencia de los mudos. Del
colosal silencio de los grillos. Para tantearle a los sueños sus
luceros. Conocer las entrañas de las hojas. El corazón del bosque y sus
vitrales. El páramo, sus cuitas y plegarias. Desenterrar el misterio de
la rosa. Ahuyentar la sombra y sus reveses. Escapar del ladrido de la
calle. Del hosco muñón del peregrino. Del puñal que en la acera nos
espera. O del barco que acecha nuestras costas. Dar con el ámbar del
primer arroyo. Traspapelar la terquedad del lunes. Aullar juntos delante
de los cielos. Para escucharle al pobre su alarido. Compartir
esperanzas con el árbol. Esperar a que baile el arco iris.
Para
seguir ensayando la palabra. Para creer firmemente en la insurrección
como garantía de los pueblos. Para oír todos los suspiros y proteger el
pueblo con palabras. Para dar la mano y enseñar el camino. Para gritar
valientemente, a tiempo. Para confirmar que “la civilización no es más
que una injusticia armada.” Para seguir siendo seres en marcha. Para
saber que basta un lucero para que haya noche. Para vivir mientras el
alma nos suene. Para morir cuando la hora nos llegue. Para que caiga la
palabra en otra franja fecunda que es como decir la vida.
Para
registrar ventoleras, arrebatos y miserias. Expulsar el despojo
mutilado. Ser libres así el fuego nos cercene. Quitar algunas comas al
crepúsculo. Ver la noche sin que nadie contradiga. Para morir de pie a
pesar de los milagros. Eludir la risa ensangrentada. Salvar la luz, sin
la cual la tierra gemiría de espanto. Dar con una migaja de soledad
marina. Con el grano de arena que a las costas de la divina antigüedad
nos ata. Para atravesar, siempre a la intemperie, incertidumbres,
agonías, interrogantes y tragedias. Dar forma al vacío de modo que éste
sea posible; ojos al poema para que pueda cruzar la calle; alas a Dios
para que pueda llegar al hombre. Para robarle sin que sepa una sonrisa
al sol en la arboleda. Mirar el cielo solamente en el momento necesario.
Cruzar, no la aurora, sino el alma en que ampara su soñar. Para
ventilar, aupar, asolear la eternidad cada día. Verse en el cielo gris,
en la trémula víspera del júbilo. Escuchar a la soledad y dirigirle la
palabra. Llegar con los ojos abiertos a la mirada final.
A
punta de hombre, tempestad y grito. Por obra y gracia del asombro a
secas. Por el relámpago final del hambre. Por la luciérnaga y su insomne
lumbre. Contar con la vigilia para el día. Con porvenir para fraguar
enigmas. Defender el milagro de la vida. La fogata que lleve al
alumbraje. A tiro limpio, la bondad del hombre.
Para “que cada palabra lleve lo que dice.” (R. Cadenas).
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