22 julio 2012

Daniela Camacho










Yo no sé de la infancia
más que un miedo luminoso
y una mano que me arrastra
a mi otra orilla.

Alejandra Pizarnik

Sentada está la niña en el recuerdo de la in­somne. Sentada y sola, mudísima: sin boca, sin palabras, con la cicatriz de los silentes en la cerviz. Violenta la memoria de mujer. No pue­de nombrarse desde dentro, no sabe morirse ni olvidar. Dientes fragmentados, lunas en el vientre, y esa voz de agua que no sangra, que murmura los suicidios de los pájaros, que re­vienta el luto de las alas en los dedos. ¡Tempes­tuosa náusea la del viaje hacia el ayer! ¡Oscuros los naufragios en el alma de la niña! Ya sus ojos van lumbrando las espinas, va tejiendo con la vulva hilos de pus y vacuidad, va buscando los espejos y la muerte. Pero está sentada, sentada y sola, mudísima: criatura seducida por el llan­to de la noche.







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