La mujer en la mina
En las entrañas de la tierra, donde siempre la
oscuridad se posa sobre las manos de la necesidad, donde siempre el mejor amigo
es el grito del compañero o compañera, la voz temblorosa del miedo. Allá en la
mina donde el carbón es el pan negro de todos los días. Donde las estrellas son
tus hijos, y el sol, un plato redondo caliente lleno de comida y una sonrisa de
postre. Allá en la mina, donde el agua y la humedad se hacen cómplices junto a
las partículas de sílice para arrebatar vidas silenciadas, donde el grisú y los
derrumbes se dan la mano para engañar a los hombres y mujeres de la mina.
Aquellos años de duro trabajo después de una posguerra durísima, llena de
hambre y necesidades. Siempre ese trato exquisito entre la naturaleza y el ser
humano, ese respeto que hay que tener a lo que se arrebata a la tierra sin
pedirle permiso; esa necesidad del subsuelo para sobrevivir la gran mayoría, y
donde solo unos pocos son los elegidos para tan duro trabajo. En ese tira y
afloja hay que adelantarse a los presagios, hay que adelantarse a los
accidentes, hay que adelantarse al temido grisú y en algunas ocasiones, al
pájaro enjaulado, y a la vez, hay que luchar para cambiar las cosas y las
condiciones de trabajo. Así y todo, la mina se llevó y lleva miles de
vidas para la subsistencia de sociedades ignorantes de este tipo de trabajos, y
que disfrutan cómodamente en los sofás y con la televisión y las luces
encendidas sin acordarse de dónde viene la energía eléctrica, entre otras muchas
utilidades que tiene el carbón.
Y qué me decís de las mujeres mineras, las
madres del silencio, las que guardaban carbón en los bolsos y de
vez en cuando se lo quitaban a los camiones para atizar las cocinas y las
estufas de hierro fundido; las que siempre tenían una bola de anís en
los bolsillos del mandil, y te sonaban los mocos en su regazo; las que
amamantaban con leche de coraje y rabia y en muchas ocasiones eran
maltratadas por maridos y compañeros; las que lavaban y cribaban el carbón
en las minas para que los ricos tuvieran menos humo y hollín en las
casas, y que cobraban la mitad que los mineros.
Qué podéis
contarme de las carboneras viudas de carro y mula, de soledades de lágrimas
compartidas con el hastío. Y ahí están en la memoria de los hijos criados a pan
negro y necesidades; los abuelos de hoy, mineros que han visto con sus ojos y
sus lágrimas el derrumbe de una forma de vida tan llena de injusticias. Mujeres
como Olvido la minera, que estuvo picando ocho años en las minas de Fabero,
entre 1962 y 1970, porque cuando su marido enfermó fue a pedirle al
dueño de la mina que la dejara trabajar por él y el patrón le contestó
que… “si me sacas lo mismo, a mí qué me importa quién lo pique”
(aunque, claro, con los papeles a nombre del marido, porque ella no podía
figurar ni para cobrar ni para nada) y que “rompió aguas” a las doce de
la mañana, picando, y a las tres de la tarde ya había parido su sexto
hijo, que por poco lo pare entre el carbón… O aquel otro episodio donde un
funcionario osó decir que las mujeres no servían para la mina, y casi lo tuvo
que sacar la guardia civil escoltado… “Bocazas, le gritó una minera… nosotras
tenemos más que ver en la mina que los hombres, aparte de trabajar en ella, os
parimos, tenemos que enviar allí a nuestros hijos y maridos… y somos las
que tenemos que llorarlos…”.
Aquellas interminables jornadas que
empezaban ordeñando la vaca, vistiendo a los guajes para ir a la escuela, de
allí a las escombreras a escoger carbón, o tirar del ronzal de las mulas para
sacar las vagonetas llenas de mineral; otras cargaban vagonetas a pala
como cualquier ayudante minero… la merienda escasa y compartida, la casa de
nuevo, la cuadra, la huerta y el marido que también quería su ración de cariño…
Mujeres mineras que en silencio llenaban la despensa con los primeros
economatos ganados a fuerza de huelgas y hambre, y la cocina económica
siempre tirando, amortiguada en los fríos inviernos, el agua caliente para el
baño en el balde de zinc… y las trébedes, donde se apoyaban las penas encima de
los cansados brazos… y se dormían entre sueños de vestidos de colores y
peinados a la francesa con tocados. Muchas de estas mujeres mineras murieron
reventadas y con silicosis de tercer grado; a algunas de ellas les fueron reconocidas
sus enfermedades como profesionales de la mina. Y ahora vienen los listillos de
turno, y quieren cerrar y matar parte de la historia de la supervivencia humana
en Comarcas enteras llenas de vida… allá en la mina

1 comentario:
El carbón es más negro que la noche
con su pan compartido entre tinieblas. El esfuerzo diario la luz, arrimo de calor y de unas cuantas monedas.
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