20 agosto 2014

Lluïsa Lladó





Ojo de buey.
Sentada devorando
mi hamburguesa preferida de pescado,
observo un niño de ojo estrábico
y un padre montaña.

Le enseña el principio de todos los tiempos,
el burdo capitalismo:

Da un duro y daré un sueño.

Ojeo un diario y mis ojos miopes
observan unos ojos océano
que emergen de un rostro infantil,

rubia tez ucraniana,
pueblo errante como el palestino,
como el kurdo, como las minorías cristianas
en las líneas de mapa Google.

Selva y enfermedades de ojales, con miradas oblicuas,
legañosas o presas de la locura.

Ojos cerrados, abiertos,
trémulos, bizcos, ciegos,
con glaucoma y secos sin llanto
cuando el corazón es una huida de noche.

Esos ojos de pavo. Porque no se trata
de la salvación de las almas,
es el control de la mente
a través de los libros.
De leyes insulsas que esconde el gas para el invierno,
el control de los cultivos del opio,
la descendencia de una raza.
El hombre pudo con los dinosaurios gracias a sus ojos, lentes que inventaron las lenguas de fuego,
la rueda con forma ocular
y que son capaces de decapitar córneas
por monedas de ojos.

Y pienso en esta vida
de pérdidas extravagancias
y parajes pisoteadas por peces ojos
en busca de un refugio.

La paz no tiene ojos.

¿Y la justicia?

El hombre los arranca.
Somos los que vemos.
Y vemos lo que somos.

No me gusta lo que veo,
ojalá pueda mi voz no ser tuerta.

Basta ya de guerras ojoviles. De ojo por ojo. 

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