24 julio 2012
Antonio Orihuela
CUANDO LOS DÍAS ARDÍAN
a David González, Jesús Márquez y Daniel Macías,
impecables viajeros
y a Manuel Vilas que me prestó su 850.
Mi primer coche lo compré en 1991,
un Citroën Mehari del 79,
uno de los últimos modelos que se fabricó en España,
cuando aún no había autopistas
y las carreteras eran sitios
donde se podían alcanzar velocidades de crucero de 70 Km./h.
Se lo compré a un mecánico de Sevilla,
mi padre vino conmigo a verlo,
cuatro barras y una lona vieja y raída a modo de capota
que mi madre cosía una y otra vez
porque solía rajarse
y entonces parecía el buque fantasma
desplegando sus velas en mitad de la noche,
por la carretera de Lucena,
cuando desear era tan fácil
y el verano se extendía más allá de la comisura de nuestros labios
por la hierba breve de la casa de los sueños azules de Paco
Naranjo,

bajo la luz de la piscina del pulpo verde
y los hermosos cuerpos que ya no volverán.
Mi padre había venido todo el camino diciéndome
que si no había más coches en el mundo,
que había que ver la porquería que iba a comprar.
-No había, no había más coches en el mundo
que mi Mehari verde,
un coche de juguete para un mundo de adultos
que se habían cansado de jugar.
Mi padre le pidió al mecánico que le abriera el capó
y cuando vio lo que había allí dentro estuvo a punto de echarse a
llorar,
latas viejas, piezas comidas por el óxido y la corrosión,
vestigios de la posibilidad de vida más allá de la muerte
envueltos en varios dedos de grasa negra y compacta
que manchaba con solo mirarla.
Le preguntó al mecánico que cuánto quería por aquel montón de
chatarra.
-Trescientas mil.-
Será cargado de chorizos –le dijo.
Y el tipo aquel se puso rojo
y cerró el capó con sus gomitas entre los dedos.
Me había costado tres meses ganar ese dinero,
tres meses perdiendo los ojos de ocho a tres
en una fría habitación del Servicio Provincial de Arqueología
de la Excelentísima Diputación Provincial de Huelva,
tres meses absurdos
perdidos en dibujar fragmentos absurdos
extraídos del vientre de los siglos
en el corte y estrato de vetetúasaberdónde
según la metodología bulldozer,
clasificados en bolsas según el método Ogino,
dibujados según el plan Badajoz
e interpretados delante de una baraja de cartas de la bruja Lola
y tres velas negras, una por cada Doktor inútil
que allí seguirá haciendo como que trabaja
y otra por el calvo pelota con despacho propio
encargado de tocarse los huevos, leer el periódico
y vigilarnos.
-Trescientas mil.
Mis primeros tres sueldos,
se lo dije al Mehari, bajito, como una confesión,
un intento de reconciliación con aquellos cuatrocientos kilos de
plástico ABC
y fibra de vidrio,
un intento de ganarme su confianza
para que aceptara venirse a casa, conmigo.
-Los platinos, estaría bien cambiárselos, me dijo el mecánico
antes de esfumarse.
Se los cambiaba cada año
pero siempre le costó arrancar.
Después hubo que cambiarle la batería,
los cables de arranque y las bujías,
la caja de cambios, que me enteré catorce años después
siempre había estado suelta,
la dirección, las trócolas, el bombín de la gasolina,
el depósito de combustible, el panel del velocímetro,
el interruptor de la intermitencia y hasta el cenicero
le cambié en una prospección arqueológica por Valverde
en la que me encontré un Dyane abandonado
que tenía intactos los muelles de los asientos
y un cenicero donde no había fumado nadie nunca.
Las ITV las pasaba porque le pintaba de betún las ruedas,
le rellenaba de plastilina los agujeros,
le echaba pegamento en los faros para que no se movieran,
ponía cara de cordero degollado
y me encomendaba a la Virgen de los Desamparados.
En verano, si arrancaba,
era una fiesta continuar hasta la playa,
quitarle los asientos y llevarlos hasta la orilla,
sentarse allí en un Mehari invisible
y mirar las olas
y el mundo que no parecía tan malo a la vuelta.
Pero en invierno
había que subir en él como si hubieras quedado con Admunsen en
el Polo
y la lluvia entraba por todas partes
y se balanceaba en las curvas desbordando el salpicadero,
mojándolo todo,
achicando agua con las esterillas de plástico,
moviendo con la mano izquierda las escobillas perezosas del
parabrisas,
empujando con la derecha las bolsas de agua de la capota,
taponando con cartones
las brechas del techo por donde el agua corría como un surtidor,
viajes hoy predecibles que fueron ayer
duchas frías a todo lo largo y ancho del suroeste de la península
ibérica.
Subiendo un día a Zalamea se le rompió el bombín de la gasolina
y lo arreglé con un chicle.
Bajando otro día de Jerez fue el cable del acelerador
y se lo cambié por un cordón de mis zapatillas.
Nos montábamos cinco inútiles, cinco mochilas, dos jalones,
mil bolsas con material arqueológico, dos cámaras,
veinticinco mapas escala 1:25.000,
podía con todo el coche de plástico con su volante de plástico
y sus asientos de escai negro y su alma blanca.
Catorce años a mi lado, catorce mil averías entre mis manos,
catorce llantos por cada una de sus esquinas,
catorce años descargando maricones,
catorce años las orejas del bóxer Dor ondeando al viento en el
asiento de atrás.
Catorce corazones, catorce cruces clavadas en el monte del olvido
y un poema que le escribimos David González y yo en Ayamonte,
un poema que hablaba de pasajeros que llegaban a la estación de
la vida
tal vez porque por aquellos años estábamos sentados en mitad de
las vías
,esperando un tren que nunca se dignó a pasar y arrollarnos.
Mi perro Dor se fue en él no hace muchos días,
en una mañana fría de invierno,
fuimos a comprar su pienso
y en la tienda nos dijeron que era el último saco,
que ese pienso ya no se volvería a fabricar,
el pienso que mi perro había comido toda su vida.
Me dijeron lo mismo del corazón de los dos,
ya no se fabrican corazones de lata ni corazones de perros como
estos,
todos los corazones a partir de cierta edad se vuelven de plástico,
como los abrazos de los hombres que un día fueron tus amigos.
Yo había soplado esa tarde una tarta con cuarenta velas,
pero no sabía que había soplado tan fuerte ni tan lejos
como para que los dos me dijeran adiós al mismo tiempo
y para siempre.
(De La ciudad de las croquetas congeladas. Editorial Baile del Sol. Tenerife. 2006)
Marina Centeno
Lo digo en Poesía
Amo el territorio
donde nace la cordillera de tu espalda
sobre la nuca donde su escándalo
se hace breve y preciso
Amo la suavidad de tus jardines
con el aroma a sándalo
en que entalla tu piel la cremallera
donde el bulto pesa
en lo obtuso
Amo las calles que circundan
el hemisferio de tus nalgas
cuando mi mano roza
el adoquín caliente de la sábana
Por eso amo todo lo que es tuyo
hasta el zumbido del aire
cuando pasas frente a la soledad y la
distancia
Marina Centeno
Yucatán México
Flor Alba Uribe
DERROTA
Anuncio mi
regreso al límite marcado.
Al reloj con sus rígidas señales,
a las siglas convenidas y ese rictus
que amedrenta
los símbolos vitales.
Sí, ya estoy aquí, vedme desnuda
de toda rebelión, de todo intento,
del fuego primordial de la esperanza,
fracción de vida
con su perfil anónimo.
Ya enjaulé mis ensueños migratorios,
exilié mis verdades insurgentes,
ahuyenté mis fantasmas libertarios
y renegué de
mis locuras esenciales.
Ya soy de nuevo la cifra en el rebaño,
la postulante de toda cobardía,
os invito, sin rencor, al gran evento,
de mis remordimientos
y nostalgias.
Al reloj con sus rígidas señales,
a las siglas convenidas y ese rictus
que amedrenta
los símbolos vitales.
Sí, ya estoy aquí, vedme desnuda
de toda rebelión, de todo intento,
del fuego primordial de la esperanza,
fracción de vida
con su perfil anónimo.
Ya enjaulé mis ensueños migratorios,
exilié mis verdades insurgentes,
ahuyenté mis fantasmas libertarios
y renegué de
mis locuras esenciales.
Ya soy de nuevo la cifra en el rebaño,
la postulante de toda cobardía,
os invito, sin rencor, al gran evento,
de mis remordimientos
y nostalgias.
Pilar Fraile Amador
DE CERCA
PILAR FRAILE AMADOR
Pilar Fraile Amador (Salamanca, 1975).
Es profesora de Filosofía; actualmente se dedica a la labor editorial. Fue
Premio de Poesía de la Universidad de Zaragoza en 2005. Accésit de Poesía en el
Certamen de Jóvenes Creadores del Ayuntamiento de Madrid en el año 2004 y 2005.
Ha publicado los libros de poemas La
pecera subterránea (Amargord Ediciones, 2011), El limite de la ceniza (Prensas
Universitarias de Zaragoza, 2006); y dos plaquettes: Antídoto (La República de la
imaginación, Ed. Legados, Madrid 2009) y La disección de los insectos (Pánica 2,
Ed. Delirio, Salamanca, 2006). Poemas suyos han sido publicados en diversas
revistas como Hache, Alhucema o las
electrónicas: 7de7, Pata de gallo o
La dama duende. Actualmente coordina las actividades de
difusión de la poesía de la asociación Indómita (www.redindomita.blogspot.com).
Parte de su obra inédita ha sido traducida al inglés por el poeta Forrest Gander
y ha aparecido en la revista de la universidad de Houston Gulf Coast Magazine. En 2010 codirigió,
junto a los poetas Esther Ramón y Alejandro Céspedes el programa de radio de
poesía Definición de Savia en el
Círculo de Bellas Artes de Madrid. Actualmente cursa su doctorado en Literatura
en la Universidad Complutense de Madrid e imparte clases de escritura
creativa.
los
cazadores aparecen en los días más fríos del invierno. huellas de barro en la
entrada de la casa. cuerpos de pieles grisáceas que cuelgan de los ganchos
oxidados en la pared de la cocina. cercos rojizos en la mesa de madera que
gotean por las rendijas y alcanzan el suelo. dibujos de estrellas. dibujos de
monstruos marinos que hemos visto en sueños. esa misma noche.
las mujeres
se mueven deprisa y en silencio. los cazadores se han sentado junto al fuego y
miran con unos ojos que no hemos visto nunca. hay algo rojo también en sus
miradas. algo que gotea y duele.
las mujeres
arrancan las pieles. cuelgan de nuevo los animales en los ganchos y se encierran
allí con todos los ojos negros desprovistos de luz y en el suelo las sombras de
los pequeños cuerpos.
los
cazadores empiezan a levantarse a emitir sonidos guturales a tocarse con deleite
algunas zonas del cuerpo.
entonces
corremos a escondernos en la cocina. entre sus
paredes
agrias cubiertas de grasa y moho donde las mujeres vuelven a hacer de la muerte
algo comestible
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