22 abril 2014

Octavio Paz



La poesía




Llegas, silenciosa, secreta,
y despiertas los furores, los goces,
y esta angustia
que enciende lo que toca
y engendra en cada cosa
una avidez sombría.

El mundo cede y se desploma
como metal al fuego.
Entre mis ruinas me levanto,
solo, desnudo, despojado,
sobre la roca inmensa del silencio,
como un solitario combatiente
contra invisibles huestes.

Verdad abrasadora,
¿a qué me empujas?
No quiero tu verdad,
tu insensata pregunta.
¿A qué esta lucha estéril?
No es el hombre criatura capaz de contenerte,
avidez que solo en la sed se sacia,
llama que todos los labios consume,
espíritu que no vive en ninguna forma
mas hace arder todas las formas.

Subes desde lo más hondo de mí,
desde el centro innombrable de mi ser,
ejército, marea.
Creces, tu sed me ahoga,
expulsando, tiránica,
aquello que no cede
a tu espada frenética.
Ya solo tú me habitas,
tú, sin nombre, furiosa substancia,
avidez subterránea, delirante.

Golpean mi pecho tus fantasmas,
despiertas a mi tacto,
hielas mi frente,
abres mis ojos.

Percibo el mundo y te toco,
substancia intocable,
unidad de mi alma y de mi cuerpo,
y contemplo el combate que combato
y mis bodas de tierra.

Nublan mis ojos imágenes opuestas,
y a las mismas imágenes
otras, más profundas, las niegan,
ardiente balbuceo,
aguas que anega un agua más oculta y densa.
En su húmeda tiniebla vida y muerte,
quietud y movimiento, son lo mismo.

Insiste, vencedora,
porque tan solo existo porque existes,
y mi boca y mi lengua se formaron
para decir tan solo tu existencia
y tus secretas sílabas, palabra
impalpable y despótica,
substancia de mi alma.

Eres tan solo un sueño,
pero en ti sueña el mundo
y su mudez habla con tus palabras.
Rozo al tocar tu pecho
la eléctrica frontera de la vida,
la tiniebla de sangre
donde pacta la boca cruel y enamorada,
ávida aún de destruir lo que ama
y revivir lo que destruye,
con el mundo, impasible
y siempre idéntico a sí mismo,
porque no se detiene en ninguna forma
ni se demora sobre lo que engendra.

Llévame, solitaria,
llévame entre los sueños,
llévame, madre mía,
despiértame del todo,
hazme soñar tu sueño,
unta mis ojos con aceite,
para que al conocerte me conozca.


(Libertad bajo palabra, 1935-1957)

• José Antonio Antón Pacheco •



SOL DE INVIERNO



Recordarás entonces el sol de invierno alumbrando las
casas, cuando el tiempo parece detenerse en un instante
presente.
Recordarás sin duda el sol de invierno alumbrando las casas,
deteniéndolas en una inmovilidad rojiza y ocre.
Recordarás también el sol de invierno que perfilaba las casas
en un ahora presente, como si se perpetuaran en su detallado
perfil.
Recordarás el viento que dibuja las casas en el espacio,
recordarás el aire que las inmoviliza.
Has de recordar (sí, os acordaréis) cómo el sol de invierno
traza el contorno de las casas, su nivel y perfil, y las inmoviliza
y las detiene y las concreta en la memoria, en la voz y en
el eco.

Andres Carlos Mendez Perez







Hoy de nuevo la soledad abre la puerta,
sin dar opción
a preguntar quien es.

Se ha vuelto a sentar
frente a mi,
desafiante,
orgullosa y enérgica.

Me mira…
parece deseosa de revivir
viejas cruzadas
que un día dejamos atrás juntos,
dispuesta a usar las llaves
que abren las celdas
de los recuerdos,
de hacer palanca sobre miradas
ya cerradas,
de romper muros
tras los que dejé
anhelos de caricias perdidas.

21 abril 2014

María José Collado






ESE NIÑO

Asoma un niño a las ventanas
de su rostro, a veces, sube persianas,
con el asombro reflejado en el sol
de sus pupilas, un mohín cabalga
en su nariz al rescatar olores
doblados en un desván de memorias.
Regresa su niñez en el marfil irregular
de su boca, hecha para la sonrisa,
cuando sus palabras, son puentes,
escaleras que salvan del agua
que corre hacia la tristeza






Lupe García Araya.







Arrópame con esa ternura
que algunas veces
me mandas a escondidas.
Lléname las manos de colores
y mi casa de mar.

No sé quién eres
ni por qué vives en mí,
pero algunas tardes te encuentro
y paseamos de la mano.

Los niños nos sonríen
cómplices de nuestras miradas
y nos regalan lunas.

Pongo mis zapatos en la ventana
esperando una ola de besos
infinitos,
y me afano por buscar el tiempo
donde nada tenia nombre.


Del libro: Imáges de agua y tiempo